Newton y la inercia industrial

Corpus omne perseverare in statu suo quiescendi vel movendi uniformiter in directum, nisi quatenus illud a viribus impressis cogitur statum suum mutare.

La primera ley de Newton, o ley de la inercia, nos dice que un cuerpo tiende a mantenerse en su estado, en reposo o en movimiento rectilíneo, a no ser que una fuerza externa lo modifique. La recordamos de las clases de Física —yo siempre imaginaba una pelota de baloncesto rodando sin fin—. Un principio abstracto que cobró pleno sentido con el apagón y el funcionamiento del sistema eléctrico.

Las grandes turbinas eléctricas acumulan energía cinética rotacional. Esa inercia actúa como un amortiguador frente a cambios bruscos: evita que una caída repentina de la generación o un pico de demanda provoque un colapso inmediato. Gana tiempo. Aporta estabilidad.

Se me ocurrió asociar esta idea de la inercia al conjunto de la economía. Las actividades industriales, igual que las turbinas, son más difíciles de poner en marcha que otras actividades. Pero una vez iniciadas, aportan estabilidad, resiliencia y capacidad de respuesta frente a la incertidumbre económica. Es nuestra inercia productiva.

Ahora bien, no cualquier industria sirve. En este punto, la economista Mariana Mazzucato lanza una propuesta clara: no basta con dejar que los mercados funcionen solos o corregir sus fallos, hay que darles forma. El crecimiento no debe medirse solo por su velocidad (el PIB), sino por su dirección (la composición del PIB): hacia dónde queremos avanzar como sociedad.

Eso requiere una política industrial con propósito, que oriente la inversión hacia objetivos colectivos: bienestar, sostenibilidad y empleo de calidad.

Aquí es donde entra el papel de la industria como pieza central de una economía moderna, verde y resiliente. Una industria que diseña, produce, innova y comercializa. Que crea valor en todas las fases de la cadena. Que entiende la transición energética no como una amenaza, sino como una oportunidad para transformarse y liderar.

¿Y en Galicia? ¿Y en España?

Si queremos que nuestra industria sea el motor de una economía con dirección y capacidad de respuesta, tenemos que enfrentar cuatro retos clave:

  1. Productividad: es necesario incorporar tecnología y mejorar la interacción persona-máquina para aumentar la eficiencia. No se trata solo de digitalizar, sino de transformar procesos y organizaciones.
  2. Dimensión: necesitamos más tamaño para competir globalmente. Esto implicará crecimiento orgánico, alianzas estratégicas y una colaboración público-privada ambiciosa y estable.
  3. Valor añadido: tenemos que escalar en la cadena de valor. No es lo mismo distribuir que fabricar; ni fabricar que diseñar; ni innovar sin tener también la propiedad intelectual. Cuanto más valor retengamos, más empleo y riqueza sostenible generaremos.
  4. Transformación energética: debemos asumir la transición ecológica como un motor de innovación y reindustrialización. Electrificar, descarbonizar, mejorar la eficiencia… son desafíos, sí, pero también mercados emergentes en los que podamos destacar.

Como con las turbinas eléctricas, la industria puede ser el motor que nos dé tiempo, estructura y capacidad para hacer una transición ordenada hacia una economía mejor y para todos.

Porque lo importante no es solo girar… es hacerlo en la dirección adecuada.

INOVA: CONSULTORA TECNOLÓGICA
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.